Siempre me pregunté cómo se movía el mundo, de pequeño me atrapaba por momentos la idea de que alguien manejaba nuestras actitudes y nosotros solo éramos piezas de ajedrez. No solamente con respecto a mi persona sino también con los objetos que me rodeaban, por ejemplo, cuando el carro se detenía y el semáforo estaba en rojo, pensaba que dentro de los faros había un minúsculo ser (nunca le terminé de dar forma en mi imaginación) que controlaba los cambios de luces, o creía que las cosas (objetos) tenían vida, por lo cual me costaba desprenderme hasta de la ropa que estaba en mi closet. Cada vez que escribía me detenía al final de cada frase y pensaba, ¿quién habrá inventado las letras, las palabras, las oraciones?, ¿por qué nadie se atreve a cambiarlas e inventar unas nuevas?, ¿a las personas les gustará ser como son?, ni hablar que hasta mediados de mi naturalmente traumática (ahora divertida) adolescencia, creí que una mujer (perfecta) esperaba solo por mí, para casarnos y vivir eternamente _risas_; siempre fui un romántico ensimismado, que camuflaba con ese humor pesado que aún sale a relucir poniendo de manifiesto mi heredada imprudencia, la timidez al momento de expresar mis sentimientos.
Nunca puse en duda la existencia de Dios hasta que leí la expresión de García Márquez “me desconcierta tanto pensar que Dios existe, como que no existe”. Bien dicen que se lee para buscar respuestas y formular preguntas, pero esta vez mi lectura sirvió para crear “la duda”.
La duda se convirtió en mi sombra, dormía y comía conmigo, a veces tenía la desfachatez de acompañarme hasta cuando iba al baño; en estas circunstancias comencé a reprochar mi actitud pasiva, por permitir la intromisión de semejante huésped en mi vida. Una y otra vez me repetía yo soy católico, me bautizaron, hice la comunión y la confirmación, ¿por qué dudo?. Pero poco a poco fui aceptándola y hasta le condicioné un lugar en mi ser, pues sabía que su estadía no iba a ser permanente; trato de tomar la misma actitud con los obstáculos que se me presentan y con la vida en general, si no es para siempre, que mientras dure, sea agradable e inolvidable.
Rezaba todas las noches pidiendo para que el día por venir fuera perfecto, tanto para mí como para mi familia. Ahora reconozco la causa de mis oportunidades perdidas: esperar que Dios resuelva. Presentaba muchas veces problemas para tomar decisiones, generando en mí estas situaciones gran ansiedad. Todo mejoró cuando comencé a trabajar con mis problemas de respiración, ¿qué se necesita para vivir?, ¿qué es lo primero que haces cuando naces?, ¿qué es lo último que haces cuando mueres?, tomando en cuenta la importancia de la respiración ¿acaso los problemas (aún los graves) pueden hacer que dejes de respirar?, más apropiado fue preguntarme ¿para qué respiro?, ¿qué me anima a seguir respirando? . Cambió tanto mi actitud como mi pensamiento, hoy no espero más que lo que siembro, tropiezo por momentos con más obstáculos que antes pero dejo de preocuparme para ocuparme, y particularmente agradezco al viento.
Al viento, que se lleva pero también trae las palabras, al viento que sopla en los buenos y malos momentos, ese viento que acaricia nuestros cuerpos recordándonos que estamos vivos, al viento que te hace creer en lo simple y extraordinario sin discriminar, pues lo siente el ciego, el sordo, el mudo, y los que tenemos los sentidos completos; al viento, que se llevó la duda y me trajo la fe, la fe en mí.
Creer en ti mismo, creer en la humanidad, es de alguna forma (o quizás la única de) creer en Dios. A diferencia de muchas religiones y de los ateos a quienes respeto, no busco a dios “el sujeto”, al inquisidor, al ser prejuicioso que señala el bien y el mal. Hace tiempo acepté que Dios es paz, tranquilidad, amor. Lo siento en todo momento, que mayor evidencia de la deidad, que la existencia de LA MUJER, ese ser cuya naturaleza inspira vida.
Sin intención de controversia ni de imposición de “verdades”, para mí (es mi punto de vista), Dios está dentro de cada uno de nosotros; lo percibo como esa energía que crece en nuestro interior impulsándonos a compartir con quienes amamos y realizar las actividades que nos gustan; está en encontrarnos con nosotros mismos.
Volviendo a citar al escritor colombiano Gabriel García Márquez, “los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez”.
He ahí la oportunidad de crecer, en cada traspié, con cada obstáculo. No habrá día fatídico, mientras nos toque el soplo del viento y la dulzura de mujer.
Mientras estemos aquí, así como las alegrías, los problemas también nos harán compañía, pero la decisión es personal.
Yo decidí creer en mí, amar a la mujer y agradecer el viento.
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